dilluns, 28 de gener de 2008

EL ADIÓS

Abril cerró el libro de matemáticas de golpe. Estaba harta de aquellas malditas ecuaciones que no conseguía entender.
“Si no hago los deberes el profesor me echará la bronca ─pensó─, de todos modos
ya estoy acostumbrada.”
Se levantó de un salto, cogió su chaqueta y salió de su habitación.
─¡Mamá, me voy a pasear! ─gritó mientras avanzaba hacia la puerta.
─¿Has terminado los deberes? ─preguntó su madre desde la cocina.
─Claro ─susurró ella, cabizbaja, ya que odiaba mentir a su madre.
─No vuelvas tarde, cielo.
Fuera hacía frío, pero Abril lo prefería a volver a su habitación y a su cuaderno.
Desde que a su padre le habían diagnosticado una grave depresión estaba muy pensativa y no conseguía concentrarse en nada de lo que hacía. Tenía el presentimiento de que algo malo iba a pasar.
Paseó durante media hora por las calles de su ciudad y después emprendió el camino de vuelta a casa.
Cuando llegó oyó a su madre llorar. Enseguida se asustó.
─¿Mamá? ─gritó sobresaltada y confusa─ ¿Papá?... ¿Estáis bien?
Movida por el miedo y la angustia, echó a correr escaleras arriba y entró en la habitación de sus padres. Estaba vacía.
Entonces comprendió que los llantos venían del desván. Cuando subió se encontró con una imagen desoladora que nunca podría olvidar. Su madre estaba arrodillada en el suelo, llorando desconsolada. A su lado, su padre yacía muerto en el suelo.
─¡Papá! ─gritó mientras se abalanzaba sobre él.
─Abril, papá… se ha suicidado ─dijo su madre.
─¿Cómo?... ¿Por qué? ─preguntó ella mientras lloraba.
─Ya sabes que estaba algo mal, y… ─no pudo continuar, ya que su llanto era superior a sus intentos por hablar.
─Debemos llamar a la policía.
─Si, será lo mejor. Tú, vete a dormir.
─Quiero quedarme.
─Abril, cariño, vete a descansar.
─Vale.
Bajó a su habitación y se tiró sobre la cama. Entonces vio sobre su mesilla de noche un sobre con su nombre. Lo abrió y empezó a leer.
“Mi pequeña, debo decirte adiós. Debes saber que tú no tienes la culpa, ya que tú y tu madre habéis sido mi motor, mis fuerzas para luchar día a día y la luz que guiaba mi camino cuando estaba perdido. Si hago esto es porque os quiero y sé que empezaba a ser una carga para esta familia, y, aunque no comprendáis mi decisión, sé que he hecho lo correcto y que lo respetaréis. Si queréis saber donde tirar mis cenizas buscad en el salón. Os quiero.”
Se levantó de la cama y fue a buscar a su madre, la cual estaba llorando en su habitación.
─Mamá he encontrado algo que deberías ver ─dijo con un hilo de voz.
Le tendió la carta y esperó a que la leyera.
─¿Vamos al salón?
─Sí. Fue su última voluntad y debemos respetarla.
Buscaron durante horas en los libros, los muebles, el techo… Entonces, Abril, agotada, se sentó y lo vio.
─¡El cuadro!-gritó de repente ─¡El cuadro que pintó!
─¿Qué le pasa? ─preguntó su madre.
─En el cuadro está representada una playa de Alcanar, su pueblo natal.
─¿Debemos ir?
─Creo que sí.

Y así lo hicieron. Después de incinerarlo cogieron el coche. y se fueron a Alcanar, mejor dicho, a la playa. No había nadie porque estaban en febrero. Arrojaron las cenizas y se quedaron allí, en silencio, inmóviles contemplando el ir y venir de las olas que se llevaban una parte de su vida y de su alma.
Abril pensó que desde algún lugar, quizás en el cielo, aunque ella lo dudaba mucho, su padre le sonreía. Entonces le dijo adiós.



Nawel Ghermoul Ballester
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